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Semana del 3 al 9 de septiembre de 2007 | Año VI Edición 260
Ayúdate, que yo te ayudaré .
Por: Miguel Ángel Menéndez Ortiz
La semana pasada abordé el tema sobre cómo debemos aprender a apreciar todo aquello que tenemos para entender lo verdaderamente ricos que somos, sin embargo, no debemos confundir esta actitud de positivismo con la fatídica abnegación tan arraigada de los mexicanos, ese sentimiento de que, sin importar que tan mal estemos, no tenemos la posibilidad de cambiar nada, y solo podemos depender de que un agente externo nos “salve”.
Es esta actitud la que nos hace actuar de maneras ridículas, por ejemplo, pedirle a la Virgen de Guadalupe o a los santos que nos hagan “el milagrito” de sacarnos de la pobreza, no pedimos trabajo, básicamente, lo que hacemos es solicitar que un buen día llegue a nosotros una enorme bolsa llena de dinero por producto del azar y con ese dinero darnos una vida de lujos y comodidades, sin tener que trabajar.
Otras veces, cuando pedimos, no le solicitamos a Dios que haga su voluntad, sino que Él solamente apruebe la nuestra, pues solo Él, según nuestra percepción, puede cambiar las cosas.
Es en este momento cuando nos olvidamos de que Dios nos ha dado el libre albedrio, esa posibilidad de poder elegir por nosotros mismos qué hacemos de nuestra vida, muchas veces vemos los problemas que se nos presentan en el camino como rocas infranqueables por las que no podemos pasar, y nos quedaremos sentados a un lado del camino, esperando que la roca misteriosamente se mueva y podamos reanudar nuestro viaje, pero pocos son los que, al ver la roca, no la toman como un obstáculo, sino como un escalón, para subirse en él y seguir avanzando, pues muchas veces Dios quiere probarnos, ver qué es lo que somos capaces de hacer, y recompensarnos o castigarnos en base a nuestra actuación.
Así como los orgullosos, los egoístas, los altaneros y los insolentes, los perezosos son mal vistos por la sociedad, no podemos seguir creyendo que nuestros problemas se arreglarán por sí solos, debemos tomar las riendas de nuestra vida de una vez por todas y decidirnos a hacer algo bueno con ella.
AYÚDATE, QUE YO TE AYUDARÉ, esta frase, aunque no se encuentra en la Biblia, resume muy bien un pensamiento que todos deberíamos aprender, si realmente queremos que las cosas cambien y mejoren, debemos empezar nosotros a hacer los cambios necesarios, y con el tiempo, esos cambios se irán multiplicando hasta que logremos aquello que añoramos.
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