Convierta a El Despertar de la Costa en la página de inicio de su navegador, solo haga click aquí
Semana del 23 al 29 de agosto de 2010 | Año IX Edición 413
Palabras y Pensamientos
La Quinta Montaña.
Por: Inés Bracamontes Avendaño
“Está muerta” se dijo “No quiero ir allá porque ya está muerta. O se salvó por un milagro y entonces vendrá a buscarme” Su corazón, sin embargo, le pedía que se incorporase y fuese hasta la casa donde vivían (…) Llegó hasta el lugar donde muchos meses atrás había sido recibido y hospedado como un amigo. Una vieja estaba sentada en medio de la calle, casi frente a la casa, completamente desnuda. Elías intentó ayudarla, pero recibió un empujón: “¡Se está muriendo!” gritó la vieja “¡Haz algo! ¡Retira esa pared encima de ella!” Y comenzó a gritar histéricamente. Elías la cogió por los brazos y la empujó lejos, porque el ruido que hacía no le permitía escuchar los gemidos de la mujer. El ambiente a su alrededor era de completa destrucción; el techo y las paredes se habían desplomado, y era difícil saber dónde la había visto exactamente la última vez. Las llamas ya habían disminuido, pero el calor era aún insoportable: atravesó los destrozos que cubrían el suelo y fue hasta el lugar donde antes se encontraba la habitación de la mujer. A pesar de la confusión que reinaba afuera, consiguió distinguir un gemido. Era su voz. Instintivamente, se sacudió el polvo de las ropas, como si quisiera mejorar su apariencia, y se quedó en silencio, procurando concentrarse. Oyó el crepitar del fuego, el pedido de ayuda de algunos ciudadanos sepultados en las casa vecinas, y tuvo ganas de decirles que se callasen, pues necesitaba saber donde estaban la mujer y su hijo. Después de mucho tiempo, escuchó de nuevo el ruido; alguien arañaba la madera que estaba bajo sus pies. Se arrodilló y empezó a cavar como un loco.
Removió la tierra, piedras y madera. Finalmente, su mano tocó algo caliente: era sangre “No te mueras, por favor” Dijo “Deja las ruinas encima de mí” escuchó decir a su voz “No quiero que veas mi rostro. Ve a ayudar a mi hijo”. Él continúo cavando, y la voz repitió: “Ve a buscar el cuerpo de mi hijo. Por favor haz lo que te pido”. Elías dejó caer su cabeza sobre el pecho y comenzó a llorar bajito. “¡No sé donde está enterrado!” dijo “¡Por favor, no me dejes! Necesito que te quedes conmigo. Necesito que me enseñes a amar, mi corazón ya está preparado. Antes de que tú llegaras, deseé la muerte durante muchos años. Ella debe haberme escuchado y ha venido a buscarme”. Ella dio un gemido. Elías se mordió los labios y no dijo nada. Alguien tocó su hombro. Se dio la vuelta, asustado, y vio al muchacho. Estaba cubierto de polvo y tizne, pero parecía no estar herido.
“¿Dónde está mi madre?” Preguntó “Estoy aquí, hijo mío” Respondió la voz bajo los escombros. El niño comenzó a llorar. Elías lo abrazó. “Estás llorando, hijo mío” dijo la voz, cada vez más débil “No lo hagas. A tu madre le costó aprender que la vida tenía un sentido; espero haber conseguido enseñártelo a ti. ¿Cómo está nuestra ciudad?” Elías y el niño permanecieron quietos, agarrados el uno al otro. “Está bien” mintió Elías, “murieron algunos guerreros, pero los asirios ya se han retirado. Iban tras el gobernador, para vengar la muerte de uno de sus generales.” De nuevo el silencio. Y de nuevo la voz, cada vez más débil.
“Dime que mi ciudad se ha salvado”, “La ciudad está entera, y tu hijo está bien” “¿Y tú?” “Yo he sobrevivido”. Sabía que con estas palabras, estaba liberando su alma y dejándola morir en paz “pide a mi hijo que se arrodille” dijo la mujer después de unos instantes “y quiero que me hagas un juramento, en nombre del Señor, tú Dios” “Lo que quieras. Todo lo que quieras.”
“Un día tú me dijiste que el Señor estaba en todas partes, y yo te creí. Dijiste que las almas no iban a lo alto de la quinta montaña, y también creí en lo que decías. Pero no me explicaste para dónde iban. He aquí el juramento: ustedes no lloren por mí, y cada uno cuidará del otro, hasta que el Señor permita que cada uno siga su camino. A partir de ahora, mi alma se mezcla con todo lo que conocí en esta tierra; yo soy el valle, las montañas que lo rodean, la ciudad, las personas que caminan por sus calles. Yo soy sus heridos y sus mendigos, sus soldados, sus sacerdotes, sus comerciantes, sus nobles. Yo soy el suelo que pisas y el pozo que sacia la sed de todos. No lloren por mí, porque no hay razón para estar tristes. A partir de ahora, yo soy Akbar, y la ciudad es hermosa.” El silencio de la muerte llegó, y el viento dejó de soplar. Elías ya no escuchaba más los gritos de afuera, o el fuego crepitando en las casas de al lado; oía solamente el silencio, y casi podía tocarse de tan inmenso que era.
Entonces Elías apartó al niño, rasgó sus vestiduras y dirigiéndose al cielo gritó con todas las fuerzas de sus pulmones “¡Señor mi Dios! Por tu causa salí de Israel, y no pude ofrecer mi sangre, como lo hicieron los profetas que allí quedaron. Fui llamado cobarde por mis amigos, y traidor por mis enemigos. Por tu causa comí apenas lo que los cuervos me traían y crucé el desierto hasta Sarepta, que sus habitantes llamaban Akbar. Guiado por tus manos encontré una mujer; guiado por ti mi corazón aprendió a amarla, en ningún momento empero olvidé mi verdadera misión (…) La bella Akbar ahora no pasa de ruinas, y la mujer que me confiaste yace debajo de ellas ¿Dónde pequé, Señor? ¿En qué momento me alejé de lo que deseabas de mí? Si no estabas contento conmigo ¿Por qué no me llevaste de éste mundo? En vez de eso, afligiste nuevamente a aquellos que me ayudaron y amaron, no entiendo tus designios. No veo justicia en tus actos. No soy capaz de aguantar el sufrimiento que me impusiste. Aléjate de mi vida porque yo también soy ruina, fuego y polvo” (…)
Elías cogió la mano del niño y empezaron a caminar sin rumbo (…) “Quizá sea un sueño” pensó “quizá sea una pesadilla” “Tú mentiste a mi madre” le dijo el niño “La ciudad está destruida” “¿Qué importancia tiene eso? Si ella no estaba viendo lo que pasaba a su alrededor. ¿Por qué no dejarla morir feliz?” (…) “No quiero que mi madre sea esto que estoy viendo” insistía el niño “Tú le mentiste (…) No puedo quedarme aquí todo el tiempo.”
“La herencia que ella me dejó es este niño, y seré digno de esto, aunque sea la última cosa que haga sobre la tierra” (…)
Continuará…
